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LA FARSA DE LO MORALMENTE NEUTRO

Ideal (Granada), 15 de septiembre de 2009

Platón dice en la República que el mayor triunfo del mal es lograr parecerse al bien. Esto siempre me ha parecido inquietante. Efectivamente, ¿quién no tiene la experiencia de sentirse incapaz de distinguir con claridad lo mejor y lo peor en determinadas situaciones? Admitamos pues que eso de que el mal pueda llegar a confundirse con el bien hace que la vida pueda complicarse mucho desde el punto de vista moral. Con todo, no hay que olvidar que Platón se está refieriendo a toda una pugna de contrarios. Para él mal y bien persisten como tales a pesar de la posible confusión puntual.

Para Platón, al mal no le cabe la posibilidad de existir en estado puro, entre otras cosas, porque en soledad optaría por destruirse, que es lo único que sabe hacer. Lo que existe es la corrupción de algo anterior a él, y distinto por tanto, mediante su “maleamiento”. El mal no existe sino con el bien manifestando así su naturaleza parasitaria. Su máxima eficacia se da cuando el tributo que rinde a su superior (esto es, al hacer el esfuerzo de parecer bueno) logra camuflar la verdad de fondo, esto es, el hecho de que en realidad el mal aspira a desbancar al bien como criterio. En la dialéctica bien-mal no cabe, para los antiguos, reconciliación. Al grito de “¡solo puede haber uno!”, la realidad se despliega como el teatro en el que lo natural es que conviva en eterna pugna la tragedia y la épica, la desesperanza y el consuelo. En el fondo, la antigüedad presupone que existe cierto bien y que se puede perder, o al menos disminuir realmente. Es esa pugna e irreconciliabilidad entre el mal y el bien lo que posibilita al mundo antiguo experimentar con toda naturalidad la realidad como una aventura.

Nosotros los modernos nos distinguimos, desde el punto de vista de la historia de las ideas, por haber ideado una tercera posibilidad y habernos figurado que constituye una verdadera categoría de lo moral: lo neutro como especie moral en sí misma y de pleno derecho. De un lado, eso explica que estemos tan aburridos; de otro, que seamos tan maleables. Si Platón decía lo que decía sobre el bien y el mal en un tratado que aspira a hacer de las leyes del estado un eco de las que rigen a cada alma, con la intención de hacer brillar su origen divino en la vida social, la modernidad verdaderamente se inicia con el proyecto de fundar un estado apto para una “república de demonios” (Kant). Es decir: el estado sería un mero gestor capaz de lograr que el mal de sus súbditos no suponga la aniquilación de los mismos. Domaría el mal hasta niveles aceptables de convivencia. Pero ante todo, dejaría ser demonios a sus súbditos, es decir, se declararía moralmente neutral. El Estado ciertamente no compartiría los criterios de sus gobernados, simplemente porque, para ejercer su función según ese estado de cosas, necesitaría no tenerlos en cuenta. De hecho, a muchos se les antoja que esa neutralidad inicial es la virtud por excelencia de un estado, la condición de posibilidad de su legitimidad. Hasta se nos presenta como lo único moralmente exigible a un estado que merezca ese nombre.

Sin embargo, si nos tomamos en serio lo neutro como miembro de la familia moral, intentar comprenderlo puede llevarnos a la locura. Veamos. El bien actúa como motivación para el bueno y admite grados y perfeccionamiento: el bien hecho le hace a uno mejor, decimos. Lo mismo vale para el mal. Pero al neutral por definición nada le mueve a actuar, y tras actuar, el hecho, a sus efectos, jamás ha ocurrido porque permanece igual de neutral que antes. Su actuación no admite calificación alguna porque es como si no hubiera ocurrido. Aquel que es neutral es el que siempre decide sobre aquello de lo que invariablemente está al margen: no tiene posición haga lo que haga, ni antes ni después. Lo perfectamente neutral (recuérdese que el neutro solo puede ser perfectamente neutro, mientras que el bien es más tolerante al respecto: admite una gradación según “mejor” o “peor”) no es una posición intermedia que se sitúe deliberadamente entre el bien y el mal, sino aquello que desconoce todo lo referido a dichas nociones. Pero entonces, ¿cómo lo a-moral por definición puede llegar a tener carga ética? ¿Cómo lo a-moral, lo neutro, puede tener razón de una responsabilidad moral? ¿Cómo lo neutro puede llegar a ser una obligación (moral), si es lo que desconoce todo bien y mal?

La experiencia histórica es muy aclaratoria al respecto. Las personas y/o instituciones que se han proclamado neutrales siempre han tenido que presentar su neutralidad, de un modo u otro, como mejor en orden a algo (y resultar convincentes) para tener algún tipo de ascendencia sobre los humanos. También para Kant esa neutralidad era necesaria en orden a un mejor gobierno. Dicho de otro modo: la neutralidad es un mero ropaje del bien. En este sentido, necesita la misma estrategia empleada por el mal. El fabuloso truco, tan explotado por los estados, de estar al margen de lo moral adoptando una pose neutra y precisamente por eso éticamente intachable (“¿Bien?¿Mal?..:¡Mi país!”), es una farsa. No podemos otorgarles a los estados ese estatus semi-divino de aquello que es capaz de actuar siempre (presuntamente) en orden a un bien sobre el que pretende no haberse posicionado porque lo desconoce. Esto no es más que una coartada para, si se acepta, evitar definitivamente ser juzgado y no tener cortapisas. Sería además el único ser conocido en la historia de la humanidad con esas características, ya que ni Dios, sumo Bien, responde a dicho perfil. Ser consciente de esto es la única manera de intentar que no dañen a aquellos que gobiernan.

Ayudemos a nuestros estados: no le pidan neutralidad a su gobierno ni a sistema social alguno. Eso es (al pie de la letra) metafísicamente imposible.

Guillermo Peris Bautista. Instituto de Filosofía Edith Stein

 
   
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