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HOMILÍA EN LA CATEDRAL
Ideal (Granada), 16 de enero de 2010
La libertad, le dijo D. Quijote a su escudero, es el bien más grande que al hombre dieron los cielos. Los hombres libres son la mayor molestia para aquellos que anhelan el poder absoluto. Ya decía Hannah Arendt, la autora de “Los orígenes del totalitarismo”, que el poder tiránico no desea comunistas convencidos, ni fascistas convencidos, sino hombres que hayan perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira. Hombres que se puedan adaptar a vivir bajo el sello de cualquier mentira que impongan los poderosos; y no hay mayor poder que el que determina qué es lo verdadero y qué lo falso, para qué se puede ser libre y para qué no, cuándo una persona merece vivir y cuándo no. Y evidentemente es mucho más ubicuo y tiránico si ni siquiera necesita la violencia para conseguir callar a los disidentes.
El 20 de diciembre D. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, pronunció una bellísima, audaz y libérrima homilía sobre el aborto, y una piara de siervos del poder, de estranguladores del espíritu, se han lanzado no a criticarla (¡bendita sea la discusión, la opinión encontrada!), sino a tergiversarla, a citarla cambiando las palabras, a interpretarla con ánimo torcedero y, en definitiva, a repetir las ya cansinas consignas que el poder quiere imponernos. Son los de siempre, los que se preocupan tanto de defender su libertad como de esquilar la de los demás. Es ese laicismo que está surgiendo en España y que cada vez se muestra con menos timidez como el más lamentable y actualizado giro del fascismo. Tengo que rebelarme asqueado ante quienes utilizan hipócritamente la bandera de la izquierda para tapar sus insidiosas pretensiones totalitarias.
Si se pretende que no dejar hablar, que mentir, que cambiar las palabras, que insultar, que silenciar la voz de quien piensa distinto, que calumniar y que perseguir al hombre libre es de izquierdas, es que la palabra “izquierda” ha perdido todo su significado, que se ha trastocado en un monstruoso Leviatán y que debe ser enviada al lazareto y reemplazada por un nuevo lenguaje y unas nuevas formas en las que la libertad, la valentía, la lucha por la libertad, la crítica al poder, el limar las desigualdades, el respeto a la divergencia y el hambre por la justicia y la verdad pasen a la vanguardia de las ideas, de los discursos y de los hechos.
Hay dos motivos elementales y preciosos por los que la homilía de Don Javier puede, por supuesto, ser criticada y debatida, pero su persona no puede ser vituperada, calumniada, injuriada y/o perseguida: el primero es el derecho a la libertad de expresión. El segundo es todavía más importante: nuestro arzobispo dice la verdad.
Es verdad que “la Iglesia estorba a los que tienen la pretensión del poder absoluto” (no hay más que ver la violenta reacción ante sus palabras); es verdad que “es de cobardes matar al débil”; es verdad que el aborto hace a la mujer víctima del abuso del poder, que el poder desea transformarla a ella, y a la maternidad, en un engranaje más de la sociedad capitalista; es verdad que el aborto es el asesinato de un niño indefenso, y que la afirmación de que este tipo de asesinato es un derecho es una manifestación paradigmática del triunfo del abuso del hombre por el hombre y de la demoníaca rebelión contra el cuidado del ser; es verdad que el régimen de objeción de conciencia que ha propuesto el gobierno es un ataque frontal contra la libertad y que se intenta obligar al personal médico a colaborar en el genocidio; es verdad que se pretende imponer una concepción de las relaciones sexuales como uso y abuso (porque se puede abusar y dejarse abusar libremente: es el caso de quien se ofrece como esclavo, aunque sea del poder).
Es verdad, Sancho, que ladran, luego caminamos.
Marcelo L. Cambronero. Instituto de Filosofía Edith Stein |