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¿Qué es ser ortodoxo, en la Iglesia?
Ideal de Granada, 13 de octubre de 2009
La ortodoxia, en la Iglesia, no consiste en afirmar una serie de doctrinas o ideas, en aceptar un ideario, y mucho menos en tener unos “valores” o defender unos principios.
La distinción inadecuada entre teoría y práctica, o la división del saber en compartimentos separados, y del hombre en áreas diversas (razón, afectos, etc...), así como la incapacidad de un pensamiento que encuentre la unidad entre los conocimientos (o en el ser humano) nos arrastra, con frecuencia, no sólo a errores conceptuales, sino también a esconder nuestro marasmo intelectual bajo una cortina de sutiles divisiones y bajo los lenguajes diversos de las ciencias.
Así, hemos terminado por comprender la ortodoxia, dándole la espalda a toda la tradición de la Iglesia, como la aceptación de un conjunto de “creencias” o, peor todavía, como la defensa numantina de lo que, en otra curiosa y extravagante diferenciación, denominamos “jerarquía” (frente al “pueblo”, como si no formara parte de él).
De nuevo podemos comprobar que los males que aquejan a la Iglesia provienen fundamentalmente del interior, de la debilidad de los cristianos. Si bien es cierto que el panorama intelectual español siempre ha tendido a ser dogmático, y que hoy, en nuestro contexto, los pensadores católicos son infravalorados (no sucede así en Francia, Italia o Alemania, pero sí en España, donde todo predominio cultural ha tendido y tiende a ser intolerante), también es necesario decir que en buena medida el pensamiento cristiano ha abandonado de tal forma su propio universo vital (tradición) que no se diferencia -ni aporta novedad alguna- al pensamiento que podríamos denominar, para entendernos, como “secularizado”.
Al final muchos cristianos (mal)interpretan, al estilo liberal o marxista, que la ortodoxia es la afirmación intelectual de un ideario, y que no es ortodoxo quien no “piensa igual”. Están en el mismo camino quienes señalan que la Iglesia es una institución conservadora que impone una ideología fija, dictada por una jerarquía, e incapaz de “adaptarse” al mundo moderno. Por último, ya en el colmo de la esquizofrenia, algunos cristianos de buena fe han interiorizado tanto estos criterios que quieren encargarse ellos de “adaptar” el catálogo de opciones morales, teológicas, filosóficas, etc., en que creen que consiste la Iglesia, a los nuevos tiempos. ¡Que no nos enteramos!
La ortodoxia es la participación en la marcha de la fe, el ser parte del Cuerpo de Cristo, caminar en la historia profundizando en el acontecimiento cristiano (que no es una teoría, sino el encuentro personal de cada uno con Cristo, que permanece en la Iglesia). No es, por lo tanto, una “opción intelectual”, sino el tomarse en serio la propia experiencia de encuentro con el Señor, para que Él se constituya, por la Gracia, en el centro de la vida y la ilumine por entero. Porque Cristo tiene que ver con todo.
En esta experiencia las diferencias nunca son motivo de separación, sino de crecimiento. Lo universal no surge de lo local y no lo niega, ni lo oculta. El otro no es un enemigo, ni un “ajeno”, sino que es parte, conmigo, del Cuerpo de Cristo, y es así carne de mi carne y sangre de mi sangre.
La Eucaristía es la escuela en la que aprender a vivir esa unidad entre los miembros dolientes (por el pecado, pero llenos de la Esperanza que nos da el Señor) que somos cada uno de nosotros, siempre que no se reduzca a una práctica piadosa, y sea comprendida como participación, por Gracia, en el Cuerpo de Cristo.
Marcelo L. Cambronero. Instituto de Filosofía Edith Stein-Academia Internacional de Filosofía |