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PENSAMIENTO CRISTIANO

Ideal (Granada), 24 de diciembre de 2009

Como fenómeno histórico, y comparado con otras instituciones que reclaman albergar la Verdad, la imagen que arroja el pensamiento cristiano puede calificarse de convulsa. Al contrario de lo que muchos quieren hacer pensar, ésta es una tradición de actividad incesante, una especie de activismo febril. Lo que atestigua su historia es que la fe recibida no ha dado descanso al pensamiento, precisamente porque —como decía Gilson— la Verdad no se agota en “lo dado”, con el datum en sentido positivista. Es la realidad la que exige ser conducida más allá por los Misterios. Por eso el contenido de esa Verdad no da tregua a la realidad misma sobre la que se piensa. El pensamiento cristiano es, como fenómeno histórico, el que permanece abierto a formulaciones ulteriores. Ello explica que haya engendrado lo que en sí mismo supone una tradición respecto del saber: una confianza en la razón (con matices, pero no por ello menos sorprendente y tozuda) para acometer tamaña empresa. Por eso el cristianismo siempre ha estado comprometido con el pensar mismo.

El pensamiento nunca anda lejos de la experiencia, so pena de que ambos sean triviales, cosa que jamás es así. Los hechos mandan, y por lo que respecta al cristianismo, éstos son sobrecogedores. Ya no cabe duda de que Dios también es material. Lo más alto y espiritual, como amar, está vehiculado por lo más “común” e inmediato, como el cuerpo. Dicho de otro modo, la caridad viene, ya desde lo alto, con un requisito imprescindible para su cumplimiento: lo concreto, este cuerpo, esta persona, y lo hace como quien busca un hogar. No hay realidad material para la cual el hecho de ser materia le impida asemejarse a Dios. No hay experiencia ni contacto con lo más común de la realidad que no esté adherida, en virtud de toda su hechura, al tejido divino. Por eso “lo religioso” y lo real no son categorías aparte de la realidad, ni de la experiencia.

Filosóficamente hablando, resulta ineludible plantear que en la experiencia siempre hay más, y que sin ese “mas” lo que se experimenta (el “datum”) no se podría dar del modo en que se da espontáneamente. Por ejemplo, si en la experiencia del vivir mortal concurre un ansia de eternidad, podemos negar ese anhelo como engañoso, o bien utilizarlo para ver mejor lo dado tal y como viene. El cristianismo opta por lo segundo, a ejemplo de Cristo. En sí mismas, no son anticristianas estas reacciones, sino hacer de ellas la última palabra: es decir, volver de nuevo a dejarlas sin explicación.

Cristo restituye al anhelo de vivir eternamente la naturalidad, la literalidad que subyace a sentir así la vida. Ya no es una metáfora ni el ansia, ni a lo que apunta. San Pablo dice que nos libró de la esclavitud de la muerte. La muerte efectivamente no es la misma tras Cristo, porque sabemos que no es definitiva. Pero Cristo mismo pasó por ella sin reservas, dando ejemplo del morir humano: no se le ahorró ni la ansiedad (“¿Por qué me has abandonado?”), ni la entrega esperanzada (“en tus manos encomiendo mi espíritu”). Así, el relato evangélico nos habla de un “passus est” misterioso pero innegable, un hiato real que Cristo podría no haber padecido. Pero si Cristo no hubiese asumido en sus carnes la literalidad de la muerte humana, no habría esperanza para la literalidad con que hemos de padecerla. El desgarro sigue existiendo, y es el hecho de que la muerte no ocurre en medio de la indiferencia lo que queda iluminado. Con Cristo se cumple lo que el dolor espontáneo por tener que morir anuncia: no estamos hechos para morir. Así, Él confirma, más allá de toda esperanza, la literalidad del paraíso que se siente como perdido en dicho anhelo. Tras Cristo podemos decir que perder el paraíso duele porque existe, y viceversa. El cristianismo no dice que no exista ese sufrimiento, sino que no es trivial. El cristianismo no es escapismo, sino fortaleza.

Y es que experimentamos la realidad como ambigua por efecto de su riqueza. Chesterton lo expresó bien cuando señaló lo extraño del ser humano: éste experimenta el mundo como un hogar —casi como una cuna—, y a la vez domina la naturaleza hasta sentirse desubicado en el mundo. Lo crucial —nos cuenta— en su camino hacia el cristianismo fue que era la única tradición racional con valor para afirmar ambas cosas como simultáneamente verdaderas. Ello requiere mirar la verdad de frente y asumir la paradoja no como una afrenta, sino como un reto para la razón.

Guillermo Peris Bautista. Instituto de Filosofía Edith Stein

 
   
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