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¿Hay alguien que ame la vida y desee días felices?

Ideal de Granada, 5 de octubre de 2009

Nuestras sociedades han logrado una capacidad de bienestar que resultaba impensable hace sólo una generación. Nunca se puede decir que la vida sea fácil, pero sí podemos afirmar que hoy resulta mucho más fácil (cómoda) que en ningún otro momento de la historia.

Sin embargo, ¡qué difícil es encontrar una compañía verdaderamente humana, en la que uno se sienta querido y abrazado tal y como es! Porque el anhelo más grande que tiene el ser humano es encontrar un amor incondicional, una fraternidad tal que supere, ¡e incluso abrace! las debilidades, defectos y deserciones con las que tropezamos cuando nos tomamos en serio. Conste que si nos tomamos en serio no sólo encontramos debilidades, defectos, errores y cobardías. También descubrimos un deseo grande por tener una vida plena.

¿Es así? ¿No nos resulta especialmente difícil amar la vida? ¿Quién puede querer la vida (¡que venga otra vez!) si no ha sido abrazado por un amor incondicional? ¿Cuántas personas se encaminan al matrimonio deseando amar a su pareja incondicionalmente? ¿Cuántas son conscientes de que eso, ser amadas así, es lo que en verdad desean?

Es imposible amar la vida cuando no hemos encontrado un amor atravesado por esta fuerza, del que todo otro amor no es sino una metáfora más o menos desacertada. Como el liberalismo nos ha educado en las relaciones contractuales, en el deber y en el derecho, en las pequeñas virtudes y en los sucedáneos de la existencia, hemos acabado interpretando todas las relaciones humanas a partir de estos parámetros, y el resultado es que nos hemos quedado solos, hemos perdido el gusto por vivir y, por lo tanto, por transmitir la vida. Apocados y escépticos nos tornamos egoistas, y para no darnos cuenta de que somos desgraciados nos dejamos atrapar por ideologías y meapilas de cualquier partido, incapaces de tomar en serio nuestra propia experiencia.

El problema de nuestras sociedades no es, en el fondo, la decadencia de los valores, la falta de una educación moral o ciudadana, la violencia juvenil, las drogas, y demás moralinas progres o retros. Nos empeñamos en charlotear sobre lo superficial y negamos lo más evidente y profundo, de lo que el resto son derivados: nos falta el gusto por la verdadera vida. Como dejó escrito Dostoievski al final de sus Memorias del subsuelo, ya no sabemos qué es la vida verdadera, ni qué es la realidad: vivimos de libros (ideologías), hablamos del hombre corriente y no tenemos la más mínima noción de lo que eso significa, hemos decidido perder todo contacto con la realidad, desearíamos nacer de un libro, sólo apreciamos nuestra existencia cuando huimos, al escapar “de la rutina” los fines de semana, o nuestros jóvenes al emborracharse detrás de El Corte Inglés (parece que quien eligió el lugar del botellón hizo una curiosa broma antropológica). Vivimos una vida falsa, entregados a ocupaciones cuyo sentido se nos escapa y, por lo tanto, profundamente solos. Solos, porque carecemos no sólo de respuestas, sino hasta de preguntas.

Falta lo humano. Falta la mirada del poeta Leopardi a las estrellas (“¿y yo, qué soy yo?”), del cartero de Neruda que imaginó Skarmeta (“Toda la realidad es una metáfora de otra cosa”), de los paisajes de Caspar David Friedrich, de las miradas de Giotto. Nos falta lo humano: ¿hay alguien que ame la vida y desee días felices?

¡Estamos tan equivocados en nuestros planteamientos, tan cegados por palabras vacías, tan abstrusos ante las evidencias más fundamentales! Así, planteamos el problema del aborto como si se tratase de la discusión entre dos concepciones de la realidad, o entre dos ideas del bien o entre conservadores y liberales (aquí no hay socialistas: son liberales cabreados). Insistimos: no es un problema de “valores”, ni de “poder”. Es algo más sencillo y fundamental: nos falta la alegría de vivir.

Es irónico, sin duda, que nuestro Presidente del Gobierno piense que su hija de 16 años no puede decidir si salir o no en una foto ya que, como ha dicho Fernández de la Vega “esa decisión es un derecho exclusivo de los padres”, y sí piense que una niña de esa misma edad puede tomar sola la decisión de abortar. Sin su novio. Sin sus padres. Sola. Sola. Sola. Confundimos libertad con soledad, con fragilidad, con dependencia, llamamos libre al esclavo, fuerte al débil, vida a la muerte, derecho a la barbarie. Necesitamos negarnos a nosotros mismos porque nos aborrecemos en secreto. Sospechamos de toda relación. No creemos que se pueda amar a un hijo aunque no se le espere, aunque no sea “elegido”, aunque no se corresponda con el plan de vida que hemos ideado. Es mejor negar la realidad. Es mejor negar la vida. Es mejor matar que vivir. Es mejor seguir amargados y empobrecidos. ¿Hay alguien que ame la vida y desee días felices? Si existe ese alguien, estamos seguros de que no está solo.

Marcelo López Cambronero y Feliciana Merino Escalera. Instituto de Filosofía Edith Stein-Academia Internacional de Filosofía

 
   
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