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LA CONCIENCIA DE BUSH

 

Criticar a una persona que ya ha sido severamente denostada, hasta el punto de que casi es mentalidad común su desprecio, me parece no sólo una falta de caridad, sino una cobardía. ¡Qué fácil es afilar la pluma para lanzar improperios contra el repudiado, a sabiendas de que recogerás palmaditas y halagos de la muchedumbre! Tengo para mí la sospecha, casi siempre verificada como cierta por la experiencia, de que si la masa enardecida afirma vehemente "A", "A" es una patochada.

Sin embargo, en este caso es imposible detenerse. En su discurso de despedida el Señor Bush ha dicho algo que me parece decisivo para comprender no sólo lo que ha sido su mandato, sino lo que es la política en el mundo actual. Bush, el hombre que ha afirmado públicamente la validez de torturas como la "asfixia simulada", que ha abierto y mantenido un campo como el de Guantánamo, se permitió asegurar en su discurso final que siempre había actuado "según su conciencia".

No dudo de la veracidad de lo que dice, pero cómo dejar de preguntarse, entre el asombro y la curiosidad: ¿Qué conciencia? Y, créanme, no es por una cuestión moral -tan al gusto de los contemporáneos. No se trata de si estamos ante un hombre bueno o malo. Es un asunto de altísima política internacional. Se trata de comprender nada menos que la estructura de la conciencia de un político, de lo que Bush es sólo un ejemplo nada excepcional.

Esta apelación a la conciencia supone afirmar que uno ha actuado según creía correcto, según lo que tenía por bueno. ¡Claro que se pueden cometer errores! Pero nunca son más excusables que cuando se actúa bajo la guía de la propia conciencia. Los errores, entonces, pueden ser causados por dos factores: puede que un sujeto no busque el bien de suyo, sino en vistas a un fin. Habrá que ver entonces cuáles son los fines que se pretenden. Puede ser que esos fines sean tan perversos que tengamos que pedirle al individuo que, por favor, no actúe según su conciencia, de podrida que la tiene. Otra posibilidad es que, siendo los fines buenos, los medios de los que uno está dispuesto a servirse sean censurables, y que sean esos medios, como vías para aquellos fines, los que constituyan, en sí, un error. Este es el caso de provocar la asfixia a un detenido para que diga quiénes son sus cómplices, método que, junto a otros, ya se utilizó en la Unión Soviética y que dio lugar a la aparición de multitud de cómplices, todos inocentes.

¿En cuál de los dos supuestos se incluye, por ejemplo, Guantánamo? ¿En cuál de los dos la guerra de Irak? La respuesta tradicional, desde Sócrates, es que se trata normalmente de un caso encuadrable dentro del segundo supuesto. Algo así como que Bush, atraído por unos fines elevadísimos, es capaz de perseguirlos a través de las sórdidas cloacas de unos medios bochornosos. Para evitar atentados en suelo americano, ataco a los países que creo apoyan a las organizaciones terroristas, por ejemplo. El fin es sensato, el medio más que discutible. Bush no se lleva honores, ni poder, ni dinero, ni beneficio personal alguno por lo que ha hecho -más bien al contrario-. Es creíble pensar que actuaba según su conciencia, y no en prosecución de mezquinos objetivos personales.

Ese tipo de razonamiento filosófico, muy útil y explicativo en otros tiempos o casos, no nos sirve ahora, pues conocemos hasta dónde puede llegar la "razón de estado". Hemos tenido nuestro Auschwitz y nuestro Kolima, y deberíamos de comprender ya que no es sólo una cuestión de medios. Nuestro problema está fundamentalmente en los fines. Nuestros políticos persiguen fines que no derivan de la atención a la realidad, sino de abstractas teorías políticas. Teorías del tipo: «un iraquí muerto no vale lo que un americano muerto», «un israelí tiene más derecho a un trozo de tierra que un palestino», o «la situación política nos da derecho a volar un autobús hebreo». Teorías que tiemblan y se desvanecen ante la realidad del rostro del iraquí, ante el hambre de un palestino o ante la mirada de una madre judía que viene de la compra. Teorías que dicen que hay que proteger a los americanos (¿sólo a ellos?), que el agua del Jordán (o del Guadalquivir) es mía, etc. Teorías que sustituyen la realidad, que la ocultan, que la niegan, que otorgan arbitrarias preferencias, que pesan la dignidad de los hombres con básculas trucadas. Teorías que retuercen, aplastan y modelan la conciencia de unos hombres que han olvidado (¡hace tanto ya!) su experiencia de lo real, y viven en un territorio imaginario y tenebroso en el que apenas comparecen, y siempre distorsionados, los demás, los "otros".

MARCELO L. CAMBRONERO
Instituto de Filosofía Edith Stein
Publicado en el Ideal de Granada el 21 de enero de 2009
 
   
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