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Introducción a una teología apresurada
Charles Péguy, famoso socialista católico de principios del siglo XX, afirmaba que “navegamos constantemente entre dos tipos de curas, entre dos bandos de curas; los curas laicos y los curas eclesiásticos; los curas clericales anticlericales y los curas clericales; los curas laicos que niegan la eternidad de lo temporal, que quieren deshacer, desmontar la eternidad de lo temporal desde dentro de lo temporal; y los curas eclesiásticos que niegan la temporalidad de lo eterno, que quieren deshacer, desmontar la temporalidad de lo eterno desde dentro de lo eterno”.
Hoy en día podemos decir, sin querer hacer un esquema cerrado, sino señalar dos tendencias existentes, que navegamos entre dos tipos de cristianos: los neoconservadores (un neoconservador es un liberal con una hija de quince años) y los que han sido educados en vulgarizaciones de teología kantiana. Ambos coinciden, como los curas de los que hablaba Péguy, en separar lo natural de lo sobrenatural, y ambos terminan abandonando lo sobrenatural; porque si Dios no tiene que ver con nuestra vida ¿qué falta nos hace? Es decir: exista Dios o no, vivimos muy bien sin Él.
Para unos, Dios se revela a través de una serie de esquemas conceptuales que se entienden de una vez para siempre y que quedan fijados en códigos morales. Así, ser cristiano consiste en cumplir esos códigos morales, como si hubiese que pagar algún tipo de canon por el amor de Dios, que deja de ser Gracia y pasa a ser un bien con el que mercadear. Para otros, Dios ha dejado de ser necesario porque ya nos dejó el marxismo, o la filosofía kantiana, con el fin de que lo utilicemos para cumplir con su plan de salvación o porque, en fin, la muerte y resurrección de Cristo son más un ejemplo histórico que un sacrificio con eficacia vigente (¿por qué, entonces, insistir en que Cristo es el Hijo de Dios encarnado? ¿no valen igual, en tanto que ejemplos de “sabiduría religiosa”, Buda, Confucio o, como icono del mercado, la ovejita de Norit, que cuida mejor las prendas delicadas?).
Ambas posturas son, en definitiva, versiones seculares del liberalismo, unas más tintadas de azul, otras más de “grana”. Las dos son neoconservadoras y moralistas, sólo que para los primeros hay que controlar estrechamente a la hija de quince años y, para los segundos, es mejor que la hija sea llevada por el camino del aggiornamento entendido como adaptarse al mundo tal y como está, sin más. Quizás podamos hablar de “moralismo de derechas” y de “moralismo de izquierdas” pero es, al fin y al cabo, moralismo: como si sospechasen que, en realidad, Dios no nos ama. Unos, los de la primera especie, son clericales; los segundos son todavía más clericales y, por eso mismo, anticlericales. Los primeros creen que ellos son Iglesia y los demás sólo un poquito; los segundos que no hay Iglesia (ya que Cristo es sólo una figura histórica), o sólo un poquito: una ideología más.
Los clericales anticlericales son muy clericales y muy anti-jerarquía, e insisten constantemente en que todos los cristianos pensamos, en el fondo, igual que ellos aunque, fíjense en la paradoja, para ellos no hay Cristo, ni Iglesia ni, por lo tanto, cristianos. La consecuencia inmediata es que sólo los que se afirman no cristianos piensan como ellos, y cabría decir que ellos mismos no son cristianos, si no fuese porque ser o no cristiano no es algo que nosotros hacemos, sino una Gracia. Parece que sean cristianos, como diría un francés, malgré eux (y eso les cabrea, como al Capaneo de Dante).
Ahora bien, por mucho que les pese a unos y a otros, no pueden amojonar los contornos de la Iglesia. El pueblo cristiano es más grande, es pueblo que realiza el acto más revolucionario de la historia al detener por un momento su trabajo cotidiano para rezar el Ángelus, y que se comprende a sí mismo a través de Cristo, al que cada uno ha encontrado en la Iglesia. Se trata de un pueblo, de un cuerpo, que se genera al celebrar la Eucaristía, que reconoce que su señor es el Señor, que tiene la experiencia de que la Fe presupone la razón y la perfecciona, que sabe que Cristo ilumina la experiencia de cada hombre, le muestra su destino, y que ha muerto y resucitado por todos. Sabe, también, que el Amor de Dios es mucho más grande que nuestra capacidad de respuesta, así como que nuestro pecado, y que vive en el asombro ante el reconocimiento de un Amor que sobrepasa todas sus medidas, perspectivas y sueños. Es, en fin, un pueblo, un cuerpo, que tiene plena conciencia de que Cristo muestra al hombre lo que el hombre es y que, por lo tanto, conoce certeramente, “en sus carnes”, que la fe ilumina todas las esferas de lo humano: también la política o la economía, la cultura o el sexo, el deporte o la protección del planeta, la vida y la muerte. Porque Cristo tiene que ver con todo.
Nuestro fallecido Benedetti, poeta de la vida y del anhelo, decía que siempre hay alguien que sostiene una antorcha entre las tinieblas. Siempre hay un cayado, que acompaña: la Misericordia de Dios, que es la luz permanente que nos mira y que nos enseña a mirarnos a nosotros mismos y a los demás. Él nos sacará de los atolladeros en los que nosotros solos nos metemos, y ya que Él lleva el timón, ¡disfrutemos, despreocupados, del viaje!
Marcelo López Cambronero. Instituto de Filosofía Edith Stein |