A la luz de estos planteamientos, el Instituto prestará una atención especial a las figuras señeras del pensamiento cristiano en Occidente, S. Agustín y Santo Tomás de Aquino. Tendremos un especial interés por Santo Tomás precisamente porque su pensamiento tiene una viva conciencia de la consistencia del orden creado, sin contraponer esa consistencia a la dependencia de Dios, sino fundándola, precisamente, en la participación en el Ser. Por otra parte Santo Tomás, como San Agustín y como la gran tradición de los Padres, hace filosofía sin poner nunca entre paréntesis la Gracia, la Revelación y la Redención. En su pensamiento, la teología no constituye una "interferencia" en el quehacer de la filosofía y en el uso de la razón, sino que constituye el estímulo más grande para que la razón llegue hasta el fondo de sí misma. En este sentido, la figura de Santo Tomás es rescatada del dualismo de sus interpretaciones modernas, de la mano de E. Gilson, Henry de Lubac, H. U von Balthasar y otros, y recupera su capacidad provocadora para el hombre de hoy. El Instituto también se preocupará por los pensadores cristianos de Oriente, sean bizantinos o eslavos -como Vladimir Soloviev-, sean filósofos y teólogos cristianos del Medio Oriente, sirios, coptos o armenios, que trabajaron a veces en sus propias lenguas, pero sobre todo en árabe.
Tratamos de responder a las preguntas del ser humano, y de entender por qué a veces el hombre no se hace preguntas, prestando una atención rigurosamente intelectual a la historicidad de la inteligencia y de la experiencia humana, y por tanto a la dimensión cultural y tradicional de la razón. Tendremos muy en cuenta, en consecuencia, el contexto cultural de lo que se denomina con frecuencia "post-modernidad", no para hacer de ella un paradigma a la que la fe tendría que acomodarse, sino para juzgarla en sus propios términos desde la experiencia de la Iglesia, y para tratar de comprenderla desde la historia, trazando su "genealogía".


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